jairo alfonso

1350

10 FEB, 2018 - 17 MAR, 2018

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En un ensayo sobre la enseñanza, el pedagogo norteamericano Lee Shulman comentaba que dos de los privilegios cuasi divinos otorgados a los humanos en el libro del Génesis fueron los de nombrar y contar. El primero fue dado a Adán, quien debió nombrar los animales en el Edén; y el segundo a Noé cuando Dios le encargó construir un arca para que los animales nombrados por Adán encontraran refugio antes del Diluvio universal. Está claro que con las limitaciones del conocimiento científico de Adán, los animales que fueron salvados por Noé debieron ser apenas un puñado de lo existente (pues todavía hoy se descubren especies nuevas). Sin embargo, lo más importante de esta historia es que ilustra el poder de nombrar y contar, que es el poder de crear sentido, de clasificar, de imponer regularidad y orden sobre el caos del mundo. Como afirmara Shulman: “Contar tres objetos como ‘uno, dos, tres’, es en efecto determinar que son equivalentes. Decir que cientos de variaciones de vegetación son todas llamadas arboles es un acto de extraordinario poder.” Y como todo superpoder, es fascinante ejercerlo.

Jairo Alfonso no tiene vocación adánica, pero sus dibujos de objetos reproducidos a tamaño natural nos recuerdan a Noé. Como si cada cuadro fuera una caja, un arca de las creaciones humanas, más o menos importantes según el criterio de cada consumidor, Alfonso coloca mercancías hasta llenar el espacio pictórico en los más disímiles formatos. Es como un juego de Tetris, pero con formas irregulares. No se puede decir que son innumerables, pues de hecho cada uno es literalmente contado después de completado el dibujo y de esta forma la cantidad acumulada da nombre al cuadro; o a la exposición actual, 1350. Este contar para luego nombrar es el reverso del Génesis, la des-creación. Al situar todos los objetos indiscriminadamente, sin agruparlos de acuerdo con sus características, sin distinción de valor monetario, sentimental o utilitario, Alfonso ejerce una autoridad incontestable. Si cada cosa fue pensada y diseñada para satisfacer una necesidad, (que sea real o ficticia es harina de otro costal), es inconsecuente; todos son reducidos a un número consecutivo, equivalente.

Algo de la biografía de Alfonso podría informar esta obsesión acumulativa y ecualizadora. Formado como artista en Cuba durante la peor crisis económica del siglo pasado, Alfonso percibió de cerca las carencias y su antídoto, una cultura de la optimización de materiales y objetos, que se usaron o reutilizaron con numerosos propósitos hasta casi desaparecer. Casi podría pensarse de este modo su relación con la enseñanza artística. Tras una educación académica en la Escuela Nacional de Arte, Alfonso culminó sus estudios en el prestigioso Instituto Superior de Arte (ISA). En el programa pedagógico del ISA los estudiantes eran tratados de facto como artistas profesionales, que debían reflexionar críticamente sobre sus ideas y las posibilidades semánticas de cada aspecto del proceso creativo: tema, materiales, iconografía, escala, estilos en diálogo con la historia del arte, entre otros. Y Alfonso utilizó cada cosa para darles una segunda vida, como la gente hacía con los objetos.

En esa época Alfonso convirtió sus obras en portadoras simbólicas de memorias de su infancia en un pueblo azucarero, que las severidades amenazaban con hacer desaparecer. Por ejemplo, en una instalación de alambre de púas, simulando una cerca divisoria de terrenos en el campo cubano, Alfonso enganchó retazos de telas, dibujos, objetos, como si se hubiesen rasgado y quedado atrás al cruzar. En otra serie, esta vez de pinturas en tonalidades marrones, rescató numerosas fotos de la familia, de parajes entrañables, como si se tratara de fragmentos de un rollo fotográfico revelado. Más tarde, al establecerse en España por varios años, su obra se transformó fundamentalmente, dando paso a sus preocupaciones actuales sobre el objeto del consumo, que podría decirse es el consumo mismo. El enfrentamiento con una cultura del desechar y reemplazar casi instantáneamente, en que la corta vida de la mercancía apenas deja tiempo para establecer un lazo afectivo, tuvo un gran impacto en su sensibilidad rescatista.

igo rescatista y no conservadora, pues aunque Alfonso es una especie de Noé de lo artificial, de la cultura material humana, su procedimiento no deja de ser perturbador. Cada objeto es representado a escala real y coexiste en un espacio pictórico que Alfonso ha convertido en arca, salpicada por el agua que mancha y desdibuja los contornos de las formas; podría decirse, jugando con el lenguaje, que se trata de un espacio arcaico. Juguetes de plástico o felpa, libros de recetas de cocina, equipos de telecomunicación sofisticados y esculturas ancestrales africanas o precolombinas junto a imágenes de ídolos religiosos o culturales como las estrellas de la música pop. Algunos proceden de tiendas comercializadoras y de sitios de internet, mercados reales y virtuales donde las transacciones pueden ser públicas o secretas, excesivamente costosas o expresiones de una economía del regalo. Pero nada de estos contextos aparece. Como con todo claroscuro y cada foto, es más lo ocultado que lo revelado.

La yuxtaposición o cercanía de objetos puede sugerir asociaciones significativas en el espectador, pero eso es algo que Alfonso no se interesa en explotar. Predomina el azar y el caos aunque todo parezca ordenado para lucir bien sus contornos y sea contado. Cada motivo es equivalente en su esterilidad, como letras de un alfabeto muerto. De este modo, el artista ha descubierto en lo inanimado el rasgo que identifica la cultura material y, al mismo tiempo, ha renunciado al poder de representación simbólica que aprendió en la academia, tal vez como un gesto de modestia. Al utilizar el lenguaje de la representación mimética, que es la base de la estética occidental, pero subvirtiéndolo mediante el silencio de los significantes, Alfonso destaca la similitud de fondo entre arte y consumo.

No importa cuánto nos acerquemos al bosque, incluso que pongamos nombres atractivos a cada especie, los que están allí seguirán siendo árboles. Todos los objetos de esa des-creación humana que llamamos mercancía, ‘uno, dos, tres, trescientos’, son en el fondo números de una misma serie, equivalentes, que es como decir reemplazables. Excepto uno, el cuadro mismo, que Alfonso no cuenta entre los objetos aunque lo haya convertido en una arca,  utilizable una y otra vez, que es como decir indesechable. Nombrar y contar sirvieron sin dudas como privilegios divinos para cimentar el conocimiento científico. Pero renombrar y descontar, parece acotar Alfonso, son también invaluables para que el ser humano ejerza el acto de extraordinario poder que llamamos arte.

 

Elvis Fuentes

Santiago de Cuba, 15 de enero de 2018.

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