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17 diciembre · 29 enero

SPANGLISH DRAMA

(o una manera de ser unitivo según Raúl Cordero)

 

a Chick Corea (e.p.d)

escuchando su Spain

Omar Pascual Castillo

Si “algo” tiene capacidad de mutación, ese “algo” es la lengua. Gracias a esas derivas los idiomas no dejan de enriquecerse mezclándose, por lo general, transgrediendo fronteras o colonizándolas. Pocas veces esto ocurre de manera no violenta, pero esas veces ocurre por un proceso de sedimentación, capa a capa.

Sería interesante volver a esta noción deconstructora de lo que somos comprendiendo que todos somos mixturas, ahora que está tan de moda, pensarse desde una identidad esencialista, racializada, a fin de cuentas, estereotipada, agenciada socialmente, políglota y decolonial; ahora que “ser del Trópico” (del “sur global”) esta a tono con la necesidad epicúrea de vivir intensamente después del susto mundial que sólo evidenció lo evidente, “somos frágiles”. Y además, efímeros, como leves papelillos de fumar que se queman al oxidarse mientras exhalan y expiran oxígeno y dióxido de carbono, con dificultad. Queda claro que somos seres efímeros, porque toda la vida lo es. Una concepción universalista, pan-ecuménica, que explicó mejor que nadie el recientemente desaparecido biólogo y filósofo chileno Humberto Matucana, a través de su idea de “auto-poiésis”, esa capacidad del planeta y de nosotros como especie, de ser un organismo en construcción constantemente que está edificándose biológicamente, neuronalmente, psicológicamente, y por ende, como masa de individuos que se comporta como un ser vivo. Eso que llamamos “Société”.

Pues dentro de ese organismo, los lenguajes han evolucionado exponencialmente en los últimos cincuenta años, desde que el planeta se globalizó. Todo hoy día, es idioma. “Somos un eco (post-Umberto) ni tan apocalíptico ni tan integrado”  – parafraseando a De la Nuez y a Roma – , somos más bien rizoma deleuzeano. Un animal social más que sin órganos, con los órganos de los sentidos hipertrofiados hiperbólicamente, por la sobredosis que la contemporaneidad impone como bombardeo informativo, del día a día. Todo es texto, imagen, reverberación, sonido hueco, signos sin misterios, transparencias. Tautología, todo es copia y repetición, carrusel infinito. Fragmento sígnico que sobre sí mismo se precipita y se amasija. Se hace cuerpo, memoria.

Volviendo al eco. Sobre esta idea de la vibración, toda la obra de Raúl Cordero, aún sin él saberlo, se estructura desde un sistema modélico que pareciese ideado por Severo Sarduy. Todo su trabajo se me antoja como una retombeé, un viaje de ida y vuelta que se encrespa y escapa de sí mismo una y otra vez, un hálito barroco sostenido en el aire, intentando atraparlo mediante el ritual de ralentización que es ejercicio del arte, como herramienta reflexiva y contemplativa, dotada de saberes y sensorialidad.

Quizás porque sobre las ausencias, va gran parte de su trabajo. Las ausencias para quienes comprenden la música en su totalidad, son silencios, vacíos a aprovechar, darle un sonido vacuo, es también una reverberación, mucho más en los tiempos cuánticos. Preguntémosle a los astrofísicos. Con ellos, dialoga, Raúl, reverberando. Vibrando como ellos, de gota en gota, átomo en átomo, partícula a partícula que cae sobre el soporte plano.

Si bien todos los individuos de mi tiempo vital hemos vivido el proceso de porificación de los estancos, mixtura de impurezas, transfiguración de un universo monolítico a uno fractal que se hibrida, lo vivimos de alguna manera de forma traumática; para Cordero, fue un proceso natural. Puede que porque él, ya era bilingüe. Y porque desde muy joven comprendió el mundo como una suma de fragmentos, nunca una totalidad, porque la totalidad siempre es personal. Unitiva. Privada de ser comprobada más allá de sus absorbentes límites.

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