EXPOSICIÓN ACTUAL

28 DE OCTUBRE · 10 DE DICIEMBRE

NEGRO TELÉFONO / BLACK PHONE

una aproximación veloz a la obra de René Peña

 

 

Mientras el mundillo del arte de finales de los ochenta e inicios de los noventa en La Habana se debatía sobre cómo afrontar su desmembramiento, su desgarro y su renovación tras la partida de la isla de muchos de sus protagonistas, el panorama visual cubano cambió. El primer síntoma que manifestó ese cambio fue la primacía de la fotografía como lenguaje artístico dominante más allá de lo documental. Los años de talleres, exhibiciones e intercambios y “transferencias culturales” propiciados desde la Fototeca de Cuba, el Centro Wifredo Lam, el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales y por último la recién fundada Fundación Ludwig de Cuba, dieron sus frutos. Transformación que vino apoyada por la mirada curatorial del gran Juan Antonio Molina; esfuerzo del que nació una nueva generación de fotógrafos cubanos o “Artistas de la Imagen” (me gusta más decir), los cuales desde entonces tienen una relación con la producción de imaginarios menos preocupados por su realismo, yendo más allá,  centrados en la capacidad narrativa y ficcional de la imagen fotográfica, desprejuiciadamente, sin formalismos adoctrinantes (aquello que Iván de la Nueza llamó “Iconocracia” como sistema de fetichización de lo pro-revolucionario como propaganda estatal, cuando el curador y ensayista argumenta -dicho a grandes rasgos- que en Cuba no hay una estatuaria de la Revolución porque hay una iconografía de la misma), sin escuelas, muchos de ellos y ellas de hecho no estudiaron Arte, y sin ningún discurso homogenizador. Sino justo lo contrario, pues esa independencia a-escolástica, autodidáctica, y por otro lado, ese “hablar en voz baja” que la fotografía de entonces aún acontecía como planimetría de escala doméstica, todavía no museística ni bienalera (aún no había llegado a Cuba el gigantismo post-industrial del cibacrome tan de moda en esos años determinantes para la Fotografía Global, ni los posteriores sistemas y tecnologías de impresión digital), igual le propició lo que Molina denomina revisando a Vattimo, y lo parafraseo, “la libertad disidente de la fotografía como objeto débil, como pensamiento no oficial”. Dentro de este contexto, aparece la obra de René Peña, quien desde sus comienzos se distinguió del resto de sus coetáneos por un excelentísimo talento técnico para construir imágenes impresas en un contraste singular, como si todo hubiese sido observado a la luz del mediodía, pero bajo el foco de un neón artificial.

Puede que porque esa destreza perfeccionista lo distinguía de la a veces chapucería del foto-reportaje de a pie, aquello que los teóricos llaman la “Fotografía Directa”; e incluso, para separarse de aquellos que ya habían comenzado un camino puramente artístico del uso de la fotografía como mera herramienta, como José Manuel Fors, Marta María Pérez Bravo o Carlos Garaicoa, en quienes cierto desdén técnico, les dotaba de una artisticidad reduccionista respaldada por el auge del pos-conceptualismo. Para quienes la Fotografía era y es únicamente un medio, no un fin. En René, eso no pasa. En él, desde el momento cero, justo antes de obturar su disparo fotográfico absolutamente todo el proceso de construcción de la imagen, es medio y fin. Eso, y que incorporó a su relato, el hasta entonces disimulado -o denostado- “asunto racial del cuerpo negro”, como foco de atención de todo su hacer. Y lo digo como si esto fuera poco, porque lo que para mucho significó un gesto radical, para René fue un “hallazgo natural” de auto-reconocimiento.

 

                                                                                              Omar-Pascual Castillo

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