EXPOSICIÓN ACTUAL

9 DE SEPTIEMBRE · 22 DE OCTUBRE

Marco Alom y la utilidad del vacío                         

Con fuerza cíclica e impactante, diversos maestros del dibujo han irrumpido en el panorama de la modernidad artística canaria. Situándonos en la época de las vanguardias clásicas del siglo XX, mencionaríamos a modo de ejemplo a Borges Salas en la década de 1920, a Policarpo Niebla durante la de 1930; a Cándido Camacho al inicio de los 70, a Julio Blancas en los años de 1980 y, como nombre de reciente añadidura, el de Marco Alom (Tenerife, 1986). Poco lleva creando y exponiendo entre nosotros, unos diez años; mas, el alcance de su obra, eminentemente gráfica, ya ha calado hondo y promete un espléndido futuro. Anclado en la tinta y la aguada sobre papel, con realces en color y selectas aplicaciones de pan de oro y de plata, Alom reúne en su estilo e iconografía un largo caudal de referencias estéticas. Éstas nos conducen a antiguos avatares de nuestra cultura, al simbolismo, al surrealismo y al neo-gótico que aflora a lo largo del siglo pasado, desde el high art hasta el comic. A esta destilación y síntesis, Alom contribuye valores simbólicos de su identidad atlántica: la pasión por todo lo marino (fauna, embarcaciones, leyendas) y el interés por lo arqueológico y antropológico. El mar y el interior de la isla generan corrientes que derivan hacia grandes formatos de tinta sobre papel y a las tres dimensiones de la creación escultórica-objetual. La pesca y la agricultura, binomio del ser insular, conforma en la creación de Alom, una tensión que es, a la vez, arraigo y principio de sublimación. Sobre las esencias sentidas y la profundidad entrevista del océano y de la tierra, ambas en convulsión geológica viva tratándose de Canarias, incrusta y engarza mitografías, leyendas y visiones teológicas, llegando a una suprarrealidad cercana al modo surrealista clásico. Alejada de la mimesis o imitación formal, que procede desde afuera hacia adentro, como claramente manifiesta la imagen de Alom.

 

Atrás han quedado, suspendidas aunque no concluidas, las imágenes exultantes y escalofriantes del Leviatán, arapaima monstruosa que se ha tragado el mar, flanqueado por Adán y Eva, a quienes ya vimos en esa magnífica puesta en escena insular, como dobles esqueléticos de sí mismo, y un umbroso paisaje de dragos, palmeras y tabaibas. Hemos admirado con pavor, la alocada Torre de Babel, remedo de toda la arquitectura universal colocada sobre aros ascendentes de monstruos marinos y conchas. Pesadilla han sido esos temibles escualos de devoradoras bocas (Piélagos, CIC El Almacén, Arrecife, 2018), en cuyo interior se deshacen los veleros de todas las épocas, trirremes, galeones, los primeros vapores. Alom nos deja exhaustos cuando nos invita a entrar en su teatro del Apocalipsis, pasando por los círculos del Infierno, de apretujadas masas humanas en eternas espirales que evocan las ilustraciones del gran Doré para el inmortal Dante. 

 

 

                                                                                               Jonathan Allen

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