Amparo Sard / Carne gris

AMPARO SARD

CARNE GRIS

ARTIZAR MADRID

9 SEP, 2026 - 7 NOV, 2026

Adonay Bermúdez

Con olor denso, desnudaban
La carne gris y flácida como fruto pasado;
No el terso cuerpo oscuro, rosa de los deseos,
Sino el cuerpo de un hijo de la muerte.

Escrito en un tiempo sacudido por la violencia, el dolor y el exilio, Las nubes de Luis Cernuda exhibe un mundo quebrado en la España de finales de los años 30, en el que la pérdida adquiere una dimensión tanto personal como colectiva. En ese paisaje de pérdida, el cuerpo deja de pertenecer al ámbito del deseo para aparecer atravesado por la muerte, convertido en materia vulnerable y memoria. Esta transformación permite pensar el cuerpo no solo como aquello que vive o muere, sino como el lugar donde la historia deja sus marcas. Sobre él se inscriben la rabia, el desarraigo, la ausencia y también la difícil experiencia de continuar existiendo después de la catástrofe.

Desde esa misma fragilidad, Carne gris de Amparo Sard dirige la mirada hacia un presente en el que guerras, migraciones forzadas, fronteras y distintas formas de violencia han convertido el cuerpo en uno de los principales territorios políticos de nuestro tiempo. Hay cuerpos protegidos y cuerpos expuestos; cuerpos que pueden permanecer y cuerpos obligados a abandonar su lugar; vidas reconocidas como pérdida y otras reducidas a cifras que apenas alcanzamos a imaginar. Frente a esa desigual distribución de la vulnerabilidad, Sard devuelve peso, materia y presencia a aquello que la distancia y la repetición de las imágenes amenazan con volver invisible. El gris se convierte así en el color de un mundo después de la herida: un espacio suspendido entre duelo y supervivencia, desaparición y permanencia. Carne gris nos sitúa ante aquello que queda cuando las certezas se derrumban: cuerpos frágiles que cargan con lo vivido y que, incluso ante la pérdida, continúan reclamando ser vistos.

Los cuerpos perforados, una constante en la práctica de Amparo Sard, adquieren en Carne gris una presencia especialmente contundente. Si hasta ahora el agujero podía entenderse como vacío, fisura o, incluso, recurso con el que delimitar la figura una suerte de dibujo expandido, aquí la perforación deja de actuar únicamente sobre la superficie para comprometer la propia materialidad de la obra. Cada incisión arrastra consigo parte de esa materia y deja un rastro, una acumulación que paradójicamente otorga mayor densidad y corporeidad a las figuras. Perforar ya no significa solamente sustraer, significa también desplazar, deformar y producir materia. La herida se convierte así en un gesto escultórico, en una acción cuya violencia queda físicamente inscrita en la propia piel de la obra.

«La soberanía reside ampliamente en el poder y la capacidad de decidir quién puede vivir y quién debe morir (1)». En Carne gris, esta relación entre poder, cuerpo y violencia parece hacerse visible en el propio gesto de perforar. Los cuerpos aparecen erosionados, alterados, privados de una parte de su materia. Sin embargo, la herida no implica únicamente pérdida: aquello que se desprende permanece, se acumula y da a las figuras una nueva presencia. Sard convierte así la perforación en un gesto ambiguo, situado entre la destrucción y la resistencia. Incluso sometidos a esa agresión, estos cuerpos no desaparecen. Permanecen, ocupan un espacio y hacen visible aquello que los ha transformado.

Y en medio de esta violencia emerge una forma inesperada: un flotador de aluminio construido a partir de brazos que se enlazan y se sostienen entre sí. Su aparición introduce una posibilidad de esperanza, pero no una esperanza ingenua ni reparadora, capaz de borrar las heridas. Los cuerpos que conforman esta estructura continúan perforados; llevan inscrita la misma violencia que impregna el resto de la obra. Sin embargo, es precisamente desde esa vulnerabilidad compartida desde donde surge la posibilidad de sostener y ser sostenido. El flotador deja entonces de ser únicamente un objeto de salvación para convertirse en una imagen de la interdependencia: frente a la ficción de un individuo autosuficiente, Carne gris recuerda que toda supervivencia depende, en algún momento, de otros cuerpos. Las extremidades se unen para formar una estructura común, precaria pero resistente, capaz de mantener a flote aquello que por separado podría hundirse. La esperanza reside así menos en superar la vulnerabilidad que en hacer de ella el fundamento de una comunidad posible.

«Lo que no dejó de marchitarse, lo que se perdió gradualmente, fue la fe en los discursos, los proyectos, las creencias —hasta en las esperanzas—, que suponían, todos ellos, que la mejora de gran cantidad de nuestras situaciones individuales y colectivas dependía de la contribución de cada uno de nosotros a un mismo orden común (2)». Frente a un mundo profundamente marcado por la lógica neoliberal, que ha erosionado los vínculos colectivos y extendido la precariedad, la desigualdad y los discursos de odio, Carne gris devuelve la mirada hacia los cuerpos y los territorios que una y otra vez padecen sus violencias. Amparo Sard no elude el dolor ni pretende repararlo simbólicamente: lo hace visible, le devuelve peso y presencia. Pero su obra tampoco se detiene en la herida. Allí donde unos cuerpos sostienen a otros aparece la posibilidad de imaginar formas distintas de estar juntos. La esperanza que propone Carne gris nace precisamente de ese gesto, de pensar que, frente a la violencia y la fragmentación, todavía es posible construir un mundo más plural, justo y amable.

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1. Mbembe, Achille: Necropolítica. Editorial Melusina. Barcelona, 2011, p. 19.

2. Sadin, Éric: La era del individuo tirano. El fin de un mundo común. Caja Negra Editora. Buenos Aires, 2022, p. 196.