Exposición_

ROMINA RIVERO

Sutura. Entra la luz

Centro de Arte Juan Ismael  · Fuerteventura · España

28 MAY 2026 – 14 AGO 2026

organiza_

Centro de Arte Juan Ismael (CAJI)

 

comisario_ Alejandro Gopar

Produce y coordina_ Galería Artizar

Alejandro Gopar

Comencemos, aunque despacio, pues donde queremos llegar es a nosotros mismos.

Con la prudencia de quien acaba de caer, aun sin reconocer qué cicatrices le han llevado a desplomarse y qué nuevas heridas le acompañarán. Ese proceso, muchas veces, oscurece; colma de desconfianza y genera un vacío donde el vértigo deja de tener un sentido vertical para invadir la dimensión de la existencia. Hay momentos en los que aquello que parecía estable deja de serlo y nos obliga a reconsiderar no sólo hacia dónde avanzamos, sino también desde dónde lo hacemos.

¿Cuántas veces un accidente lo cambia todo de inmediato? El rumbo parecía claro pero el destino, como siempre, se mantenía incierto. Quizás esa sea la idea más romántica de nuestro viaje. Basta una sola ola, un soplo de mala suerte, y todo se vuelve turbulento. Y entonces, de repente, no queda otra que aprender.

Encontrarse ante la conciencia de no saber resulta doloroso y, al mismo tiempo, estimulante. Existe en ello una contradicción apasionante: se abre un vacío en el ser que, a la vez, anhela encontrar. Ese vacío podría ser entendido únicamente como pérdida, pero también puede convertirse en el espacio desde el que comienza una transformación. El encuentro con un camino aún por recorrer implica la incertidumbre ante un horizonte que todavía no podemos vislumbrar. Situado entre el deseo de libertad y la necesidad de reconocer nuevos límites. Porque la ausencia de límites no es necesariamente libertad. El ser siempre conlleva unas formas, y quizá sea precisamente en el proceso de moldearlas donde descubrimos hasta dónde y cuándo queremos llegar.

Parece necesario investigar esas formas. No porque el ser debe quedar contenido en ellas, sino porque es precisamente en ese territorio donde la energía del arte puede interferir con una realidad que no termina de hilar con la verdad de cada una de nosotras. El arte aparece entonces como una investigación infinita: una forma de producir imágenes, cuerpos, espacios y representaciones capaces de poner en crisis aquello que creíamos conocer. Investigar una forma es también preguntarse qué fuerzas la han producido, qué la sostiene, qué la deforma y qué posibilidades aparecen cuando deja de responder a aquello que esperábamos de ella.

Esta tensión alcanza también la idea de lo colectivo. Los proyectos colectivos han sido durante mucho tiempo motores del pensamiento y de las artes. “La unión hace la fuerza” parece señalar una dirección compartida, pero la fuerza está compuesta, en realidad, por vectores distintos que no siempre comparten la misma dimensión. Si la dirección, el tiempo, el espacio y la intensidad de la experiencia no coinciden por igual para cada persona, quizá tengamos que replantearnos qué entendemos por colectivo. Tal vez lo común no consiste en borrar nuestras diferencias para construir una forma única, sino en encontrar un lugar donde esas diferencias puedan coexistir sin dejar de serlo.

Es precisamente en ese punto de tensión entre lo individual y lo colectivo donde se sitúa la investigación de Romina Rivero. Su práctica parte de una experiencia personal de ruptura que quebrantó una forma y, al mismo tiempo, despertó otra conciencia. Una fuerza impactó en su vida, dejando heridas visibles e invisibles. Algunas pudieron ser diagnosticadas en forma de daños físicos; otras, más complejas, permanecieron fuera de cualquier diagnóstico preciso, a pesar del enorme dolor que producían. En ese acontecimiento se abrió un vacío, una grieta desde la que comenzó a hilarse otra forma de crecer.

Hay cosas que no pueden explicarse con palabras. Sensaciones difíciles de exteriorizar, de convertir en lenguaje. En ocasiones vivimos momentos de tal intensidad que quizá el tic tac de nuestros corazones debería leerse como un código morse, y la superficie de nuestra piel —toda nuestra piel— como la escritura temblorosa de un códice antiguo sobre pergamino. El cuerpo conserva aquello que la palabra no siempre alcanza a nombrar. Se convierte en archivo, en superficie de inscripción, pero también en un lugar desde el que es posible escuchar.

Por preciso que sea un diagnóstico, siempre queda algo más: algo único, casi inefable. Ese dolor no estaba ahí para ser simplemente visualizado ni diagnosticado. ¿Había aparecido como respuesta a un vacío?. Tal vez como si de una representación formal de una herida interior se tratase. Una herida profunda que necesita nuevos aires para cicatrizar. Fue entonces cuando apareció otra idea de sanar: no la de borrar el sufrimiento ni regresar a una forma anterior, sino la de aprender a mirar más allá de él y atender a las pequeñas, pero transformadoras, enseñanzas que puede contener. Sanar comienza así como una forma de escucha.

La exposición Sutura. Entra la luz puede entenderse desde ese desplazamiento: de la caída a la escucha, de la fractura a la posibilidad de transformación. Su propia disposición espacial construye una experiencia de tránsito. En la planta inferior, una rotonda de inciensos rojos articula y divide dos conjuntos de obras: a un lado, los tonos oscuros y el negro; al otro, la presencia del blanco. El incienso introduce una dimensión diferente: su materia insinúa impermanencia, se consume, se transforma y desaparece mientras deja una huella en el espacio. Insinuar su humo establece una presencia que no puede delimitarse completamente, un elemento intermedio entre lo visible y lo invisible, entre el cuerpo y el aire. El rojo, por su parte, intensifica esta presencia y puede ser leído como una señal de energía, de herida, de vida y de tránsito. La rotonda no funciona, por tanto, únicamente como una separación física entre dos ámbitos de la exposición, sino como un espacio liminal: un lugar de paso en el que los opuestos —oscuridad y luz, contracción y apertura, cuerpo y conciencia— pueden coexistir sin quedar reducidos a una oposición cerrada. En este sentido, la disposición puede evocar la relación dinámica entre yin y yang, entendida no como una división entre contrarios absolutos, sino como un movimiento continuo entre fuerzas complementarias. El recorrido por esta planta propone así una experiencia en la que la materia, el espacio y el cuerpo participan de una misma transformación.

En la planta superior, el recorrido se desplaza hacia la sutura, el kintsugi, la sanación y el crecimiento. Si abajo encontramos un territorio marcado por la tensión entre fuerzas y por la presencia del incienso como materia que se transforma, arriba aparece con mayor claridad la posibilidad de reparar, unir y crecer. Pero reparar no significa restituir. La sutura no devuelve necesariamente el cuerpo a su estado anterior: une, sostiene y produce una nueva continuidad a partir de la discontinuidad. Del mismo modo, el kintsugi no pretende ocultar la rotura de un objeto, sino incorporar a su historia. La cicatriz deja de ser aquello que debe desaparecer para convertirse en parte de la forma que ahora existe.

En este proceso, el cuerpo aparece como un territorio de conocimiento. La columna vertebral ocupa un lugar especialmente significativo porque permite pensar el cuerpo como estructura y, simultáneamente, como eje. Desde determinadas lecturas del I Ching y de la medicina tradicional china, la columna puede entenderse simbólicamente como un eje entre Cielo y Tierra: la cabeza abierta al espíritu, el sacro arraigado a la tierra y la columna como canal por el que circulan las fuerzas que sostienen y transforman la existencia. Cada vértebra puede leerse entonces como un segmento de vida, un punto de apoyo, una etapa, una decisión.

El cuerpo se convierte así en un I Ching viviente: un territorio donde cada segmento puede señalar una transformación y donde el movimiento entre fuerzas opuestas no implica necesariamente conflicto, sino continuidad. El Qi, entendido como flujo vital, permite imaginar ese tránsito como una corriente que atraviesa el cuerpo y lo mantiene en relación consigo mismo. Sanar no sería entonces borrar la herida, sino reconocer la continuidad entre aquello que nos ha quebrado y la fuerza que surge al recorrer de nuevo nuestro propio eje.

Es ahí donde toma forma el motivo principal del aprendizaje que Romina lleva años tejiendo: aprender a suturar cada uno de los desgarros que, tiempo atrás, fragmentaron su forma y transformaron su poder en impedimento. Aquel golpe desafortunado modificó la corriente por la que fluía, pero también abrió la posibilidad de otra conciencia. El acontecimiento que inicialmente podía entenderse como pérdida se convirtió, con el tiempo, en una fuente de conocimiento. No porque el dolor posea necesariamente una enseñanza, sino porque Romina decidió escuchar aquello que su propia experiencia le estaba exigiendo aprender.

Sutura recorre el proceso. No ilustra una historia de superación ni pretende ofrecer una respuesta cerrada a la experiencia del dolor. Más bien hacen visible una investigación en curso: la búsqueda de formas capaces de contener aquello que se rompe, aquello que cambia y aquello que todavía no sabemos nombrar. La sutura es aquí una operación material, corporal y simbólica. Une dos partes, pero también deja constancia de que estuvieron separadas. Su función no consiste en negar la herida, sino en permitir que el cuerpo continúe.

De este modo, la práctica se aproxima a una idea de auto-sanación entendida como construcción de identidad. Si Louise Bourgeois encontró en la auto-construcción una forma de fortalecer y reconstruir su identidad, Romina Rivero trabaja la suya como un territorio de auto-sanación: un espacio en el que la identidad no es una forma estable, sino algo que se transforma al atravesar las experiencias que la constituyen. Su investigación se alinea también con el legado de otras artistas, investigadoras, doctoras y maestras que han trabajado desde el cuerpo, el cuidado y el conocimiento, muchas de ellas silenciadas o apenas visibles en la historia.

Por eso Sutura no propone únicamente mirar una herida. Propone detenerse en aquello que sucede alrededor de ella. En la energía que la atraviesa, en las formas que se rompen, en las fuerzas que vuelven a unirlas y en la conciencia que surge durante ese proceso. La exposición comienza en la caída, atraviesa la fractura y encuentra en la sutura una forma de continuidad. Entra la luz no porque la oscuridad desaparezca, sino porque aprendemos a reconocer que ambas forman parte del mismo recorrido.

El Arte no se impone: se abre. Como una herida que aprende a hablar, como un cuerpo que recuerda. Como una forma que, después de haber sido quebrada, descubre que también puede transformarse.

Y en ese umbral, quizá, comienza también nuestro propio recorrido.