Idaira del Castillo / Rita

IDAIRA DEL CASTILLO

RITA

ARTIZAR TENERIFE

17 ABR, 2026 - 30 MAY, 2026

Idaira y Rita

Verónica Farizo

Las libretas:

Las libretas de Idaira del Castillo (Tenerife, 1985) están repletas de escenas cotidianas. Me gusta verla llegar a los sitios. «¿Qué tal, Idaira?». Ella saca sus lápices de colores, abre su cuaderno y continúa por la última página que dejó en blanco. Muchas veces ni eleva la mano. Idaira es una excelente dibujante. Su trazo recorre la hoja sin separarse de la superficie. Ella no sabe que la estoy mirando. Juego de miradas. Y así la observo, mientras levanta su cara y agudiza su visión, como si nada, mientras la gente habla sin parar y su mano continúa trazando líneas y contornos. La vida sucediendo, sin más. Ella lo intuye: «me gustaría poder agarrarme al presente», me dice muchas veces. Y yo la entiendo bien, en ocasiones se hace denso soportar el viento del tiempo que te empuja hacia un futuro que no llega. Y tampoco parece que la solución sea recetar las políticas de la nostalgia que dominan la industria cultural de nuestro presente. Quizás el remedio lo tiene ella y, quizás, por eso, lo cotidiano irrumpe en su obra. Pero lo hace de una manera explosiva, porque en su pintura los rostros se vuelven verdes y violetas, y los gatos aparecen con la misma suavidad que tiene el pelaje de un animal. No es costumbrismo. Idaira dibuja porque vive y pinta porque respira. Lo sé: me lo ha dicho en mi última visita a su taller.

 

El taller:

Los lienzos de Idaira son enormes. Los hace ella misma. Va cosiendo sábanas, telas, manteles, ropa y demás restos de un naufragio. Son tan grandes que cuando vas a visitarla a su estudio parece un mercader de alfombras. Una a una va desenrollando cada obra. Nos descalzamos y, poco a poco, vamos estirando todas las esquinas. Y saca otra, y la coloca encima. Y otra. Y otra. El suelo termina completamente cubierto y una ya ni sabe dónde termina una escena y dónde comienza una nueva. Veo una vista de una casa. Ropa tendida, un pasillo, plantas. En otra, una chica leyendo en una habitación. Muy próxima, sobredimensionado, un colorido jarrón. Idaira siempre dibuja y pinta a partir de una escena o un modelo al natural. También emplea la fotografía. Así funcionan sus cuadernos. Son fotografías hechas a lápiz y rotulador que no necesitan revelado ni combinación de pixeles para producir una imagen. Y es que, en última instancia, sus imágenes están llenas de materialidad, de vida y de tiempo: del tiempo detenido característico de cualquier imagen y del tiempo que no cesa en el propio discurrir cotidiano. Destaca tanta carnalidad, decíamos, en un mundo como el nuestro, plagado de imágenes fugaces captadas digitalmente cuyo destino más próximo es el olvido. Nada que ver, en este taller se trabaja con la materia del tiempo.

 

Rita:

Las piezas de esta exposición han surgido en un momento especial. En su última y reciente muestra en el Círculo de Bellas Artes de Santa Cruz, Idaira presentaba una obra de gran formato completamente irreverente. En esta ocasión, su trabajo mantiene sus conocidas vibraciones cromáticas, pero algunas piezas introducen escenas ciertamente silenciosas y frágiles que surgen de un fondo blanquecino. Me recuerda a la última etapa de Millares, cuando este, ignorando que estaba profundamente enfermo, transitó hacia una obra igual de luminosa que la de nuestra artista. A Millares le llegó la muerte, una muerte que en sus últimos lienzos aparece como una anunciación lírica y apacible. Esperanzada. Dominada por el blanco, el mismo que ha invadido algunas de las últimas obras de Idaira después de tanto derroche de color. Dulce melancolía. Por eso, la protagonista de esta exposición es Rita, y lo hace envuelta en sábanas níveas y lechosas. Plácida, serena, tan bella. Descansa en paz.