Julio Blancas / Lo que sucede mientras vives

JULIO BLANCAS

Lo que suecede mientras vives

ARTIZAR MADRID

15 ENE 2026 - 14 MAR, 2026

… una Naturaleza esencial y trascendente que nos identifica.

Carlos E. Pinto

Lo que sucede mientras vives¹

_Apuntes sobre lo hondo que llega Julio Blancas_.

Dalia de la Rosa

 

A lo largo de la vida hacemos algo que no solemos nombrar: fabricamos una constelación. No con estrellas, sino con momentos. Una frase dicha a medias. Un olor que regresa cuando menos conviene. El brillo que se cuela entre dos ramas. La aspereza de una piedra bajo la suela. Con esa materia mínima —tan concreta y, a la vez, tan inestable— vamos construyendo una narración: la historia que nos contamos para entender quiénes somos y la historia que ofrecemos a los demás para poder estar con ellos.

La memoria, sin embargo, no es una caja fuerte. No guarda: compone. Ordena y desordena, enfatiza, borra, vuelve a iluminar. La vivencia no queda intacta; queda transformada. Y esa transformación no es un error, sino su modo de existir. Por eso la frase “lo que sucede mientras vives” tiene algo de verdad difícil: señala lo que no cabe en el inventario de los grandes acontecimientos. Lo que sucede mientras vives es lo que no se anuncia. Lo que se cuela. Lo que se repite. La oscuridad y la vuelta cíclica de la luz. Lo desmedido y lo comedido. La corriente secreta que atraviesa el día y, sin embargo, lo funda.

Frente a la obra de Julio Blancas (Gran Canaria, 1967), esa corriente se vuelve visible como un fenómeno físico. No tanto porque “represente” un paisaje, sino porque convoca un estado: el de estar dentro de un recuerdo sin fecha. Hay artistas que construyen imágenes. Blancas construye un tipo de estancia mental: un lugar donde la vista no se limita a reconocer formas, sino que empieza a recordar sin saber qué. Lo que aparece ahí es muy particular: no una escena precisa, sino la sensación de haber vivido algo semejante. Como si la obra no estuviera delante, sino alrededor.

Hay bosques en los que uno entra con los ojos y sale con las manos. No es una metáfora amable; es una reacción corporal. El cuerpo se pone en guardia o se ablanda. La columna se ajusta. Las palmas se abren, como si en ese gesto quisieran sostener lo que no entienden. A veces las manos suben a la boca, no por miedo, sino por incredulidad: esa forma antigua de comprobar que la sorpresa es real. Ese temblor —ese “no puede ser” silencioso— es parte de la obra. Porque hay imágenes que no se miran: suceden como ocurre en Stoneway (2020).

Y lo que sucede aquí se parece a la memoria en su modo más obstinado: el de la aparición. Un camino de piedra en mitad de un bosque puede ser un simple motivo, una composición. Pero, también, puede ser una llave. Las piedras, repetidas y desiguales, tienen algo de archivo íntimo: cada una parece sostener un fragmento de tiempo. No porque cuenten una historia, sino porque activan una forma de reconocimiento que no sabe explicarse. Se nos parece demasiado: a la manera en que recordamos. El recuerdo como suelo. Como trama. Como aquello que pisamos sin verlo y que, de pronto, nos obliga a detenernos.

Esa detención es importante. Vivimos entrenados para pasar la vista por alto: rápido, eficaz, productivo. Pero mirar de verdad —mirar fijamente, mirar hasta que algo cambie— es otra cosa. Mirar fijamente es un acto de concentración y, en cierto modo, de insumisión: renuncia a la distracción como norma. La obra de Blancas trabaja en ese punto. Cada línea insiste. Cada tono se construye como se construye un pensamiento cuando no se abandona a mitad de camino. No hay aquí la “idea” del bosque; hay el tiempo del bosque. El tiempo depositado en la superficie.

Por eso, cuando el motivo se desplaza del exterior hacia el hueco —cuando aparece la oquedad, la cavidad en la roca— lo simbólico se vuelve aún más claro. Una oquedad no es un accidente: es una inversión. La montaña ya no se define por su elevación, sino por su interior. Ya no es cima, es morada. El hueco, en términos de memoria, no es falta: es sitio. Un lugar donde algo queda alojado. Hay recuerdos que no son imágenes nítidas, sino cavidades: espacios internos a los que volvemos sin saber por qué, con la certeza de que ahí dentro se guarda algo nuestro, algo que nos describe como las aperturas de los Tafonis (2020). La vivencia no como postal, sino como refugio.

Más tarde, los fosfenos, una serie de 2017: esas imágenes que aparecen en la oscuridad del ojo, cuando el cuerpo se estimula y, sin embargo, ve. Un fosfeno es un destello sin mundo. Y, aun así, existe. Es difícil pensar una metáfora más exacta para ciertos recuerdos: esos que irrumpen sin pedir permiso, que encienden un rincón de la mente sin traernos una escena completa, apenas una luz. Como si la memoria fuese también eso: una estimulación. Un chisporroteo que pone a funcionar el pasado, no como un relato ordenado, sino como un relámpago.

En ese sentido, la obra de Blancas se mueve entre dos polos que se necesitan: la piedra y el destello. La piedra como lo que pesa, lo que se queda, lo que insiste. El destello como lo que atraviesa, lo que aparece y desaparece, lo que no se deja atrapar. Entre ambos se organiza una forma de experiencia muy cercana a “lo que sucede mientras vives”: una combinación de permanencia y fugacidad. Porque vivir es eso: sostener cosas y perderlas al mismo tiempo. Aprender a caminar sobre un suelo que cambia.

La piedra, cuando se presenta como objeto central, deja de ser mero fragmento del paisaje para convertirse en señal. Señal en un sentido íntimo: algo que indica sin explicar. A veces la vida se comporta así. No te ofrece instrucciones, te ofrece marcas como ocurre con la pieza Piedra (2021). Y uno decide si las toma como aviso, como recuerdo o como obstáculo. La piedra puede ser “peldaño roto” o puede ser “señal”: un punto de pausa para observar, trabajar, concentrarse. Una invitación a mirar de nuevo. A mirar distinto.

Y esa es, quizá, la lección más silenciosa del conjunto, Blancas no solo muestra; modifica el modo en que miramos. Te enseña a ver de otra manera, no con un discurso, sino con una insistencia. Aceptas entrar o saltar en la imagen —Salto I (2025)— y, cuando sales, no sales igual. Porque el ojo ya se ha acostumbrado a la densidad, a la sombra, a la paciencia. Porque el cuerpo ya ha entendido que una imagen puede ser un lugar y que un lugar puede ser un recuerdo que no sabías que tenías.

En el fondo, su obra habla de una imposibilidad: la de estar fuera del campo de acción de la vida. No hay espectador completamente a salvo, completamente distante. Mirar no es neutral. Mirar es dejar que algo te pase, que se inocule como Virus I (2019). Y entonces la frase se vuelve literal: “lo que sucede mientras vives” es esto que ahora te sucede mirando. No como espectáculo, sino como vivencia. Algo se mueve dentro: una reminiscencia, un sobresalto, una calma. Una mano que se abre. Una respiración que se ajusta.

Todo aquello que busca Blancas —sin necesidad de declararlo— aparece inevitablemente a la luz de nuestras propias horas. Cada pieza funciona como un espejo-parabólica que no devuelve un rostro, sino un tiempo. Y en esa devolución hay una suerte: llevarse consigo, para siempre, un soplo ajeno que ya no es ajeno, porque se ha mezclado con el material frágil y poderoso de nuestra memoria.

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¹ Extracto del texto de Carlos E. Pinto para el estudio de Julio Blancas de la BAC Biblioteca de Artistas de Canarias editado por el Gobierno de Canarias, donde describe la práctica del artista y su compromiso con su obra.