MARCO ALOM

Lo útil del vacío

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Marco Alom y la utilidad del vacío

                            

 

Con fuerza cíclica e impactante, diversos maestros del dibujo han irrumpido en el panorama de la modernidad artística canaria. Situándonos en la época de las vanguardias clásicas del siglo XX, mencionaríamos a modo de ejemplo a Borges Salas en la década de 1920, a Policarpo Niebla durante la de 1930; a Cándido Camacho al inicio de los 70, a Julio Blancas en los años de 1980 y, como nombre de reciente añadidura, el de Marco Alom (Tenerife, 1986). Poco lleva creando y exponiendo entre nosotros, unos diez años; mas, el alcance de su obra, eminentemente gráfica, ya ha calado hondo y promete un espléndido futuro. Anclado en la tinta y la aguada sobre papel, con realces en color y selectas aplicaciones de pan de oro y de plata, Alom reúne en su estilo e iconografía un largo caudal de referencias estéticas. Éstas nos conducen a antiguos avatares de nuestra cultura, al simbolismo, al surrealismo y al neo-gótico que aflora a lo largo del siglo pasado, desde el high art hasta el comic. A esta destilación y síntesis, Alom contribuye valores simbólicos de su identidad atlántica: la pasión por todo lo marino (fauna, embarcaciones, leyendas) y el interés por lo arqueológico y antropológico. El mar y el interior de la isla generan corrientes que derivan hacia grandes formatos de tinta sobre papel y a las tres dimensiones de la creación escultórica-objetual. La pesca y la agricultura, binomio del ser insular, conforma en la creación de Alom, una tensión que es, a la vez, arraigo y principio de sublimación. Sobre las esencias sentidas y la profundidad entrevista del océano y de la tierra, ambas en convulsión geológica viva tratándose de Canarias, incrusta y engarza mitografías, leyendas y visiones teológicas, llegando a una suprarrealidad cercana al modo surrealista clásico. Alejada de la mimesis o imitación formal, que procede desde afuera hacia adentro, como claramente manifiesta la imagen de Alom.

Atrás han quedado, suspendidas aunque no concluidas, las imágenes exultantes y escalofriantes del Leviatán, arapaima monstruosa que se ha tragado el mar, flanqueado por Adán y Eva, a quienes ya vimos en esa magnífica puesta en escena insular, como dobles esqueléticos de sí mismo, y un umbroso paisaje de dragos, palmeras y tabaibas. Hemos admirado con pavor, la alocada Torre de Babel, remedo de toda la arquitectura universal colocada sobre aros ascendentes de monstruos marinos y conchas. Pesadilla han sido esos temibles escualos de devoradoras bocas (Piélagos, CIC El Almacén, Arrecife, 2018), en cuyo interior se deshacen los veleros de todas las épocas, trirremes, galeones, los primeros vapores. Alom nos deja exhaustos cuando nos invita a entrar en su teatro del Apocalipsis, pasando por los círculos del Infierno, de apretujadas masas humanas en eternas espirales que evocan las ilustraciones del gran Doré para el inmortal Dante. 

Esta nueva producción que abarca los últimos años del pintor orfebre, Lo Útil del Vacío, nos acerca de nuevo a seres fantasmagóricos, más propios de eras remotas que del presente. Así, los cocodrilos, que delimitan con sus mandíbulas un humeante volcán submarino, se confabulan en una nueva amenaza. Un terrible San Miguel, metamorfoseado en ave palmípeda y destructora, aplasta bajo sus garras el alma caída de un semejante, emparentado con ese pelícano que pare al Mesías y que ya admiramos en la exposición Murria (Sala de Arte Contemporáneo SAC, Santa Cruz de Tenerife, 2021). Novedosas, sin embargo, son sus gráciles garzas, sutiles criaturas aladas fijadas en la memoria colectiva que, como azaradas, se resguardan entre los juncos y las cañas. Son aves silueteadas; el volumen de sus cuerpos resulta ser la óptica ilusión carnosa del papel en blanco. Alom empasta sobre la tinta para dibujar y crear una forma en constante complejidad, el puzle gráfico infinito que nos hipnotiza; dibuja cuasi-escultóricamente.

Pero, en él, pugna otra ansia, no sé si la trascendente esperanza que contrarresta el destructivo final de los tiempos y sus apocalípticas versiones. Emerge en estas garzas blancas ideadas a partir del vacío y, no cabe duda, en su atrevida y fascinante alusión a lo divino llamado por su nombre, como en la obra Dios. Y es precisamente este anhelo metafísico, que ha alumbrado el imponente tríptico, marca de esta exposición, Alianza (Sacrificio de Isaac). Entre sendos paneles de fosilizados cuernos, se yergue el lávico altar de Isaac. Gracias a la indulgencia de Dios, se coloca al cordero sacrificial y no al hijo del más fiel de los creyentes. Un aura dorada, como la que ocupaba el abstracto centro de Dios, protege y cubre el altar de la ofrenda. Alom nos trastorna, ciertamente, al resituarnos en el mundo aún bíblico de nuestra infancia, en un universo dónde, todavía, late el misterio de nuestro destino.

Confirman y expanden la voluntad escultural del artista, intensificando la alegoría del Atlántico, los chalecos, estameñas pastoriles recubiertas de conchas, o prendas que, una vez más, el océano ha reclamado. Conchas que ya vimos, figurando las almas de los difuntos, en el blanco y celestial Cuadro de Ánimas. Otra forma de raigambre ancestral será la capa revestida de alas, que elevará al taciturno y silencioso pastor, a ese más allá celestial que nos aguarda a todos, sea cual sea la forma que tome. Volvemos, a través de estas obras, a los orígenes y a las esencias. Toda una proeza en pleno furor de la nueva era digital, que (falsamente) ha abandonado las viejas preguntas y el temor sagrado.

 

Jonathan Allen

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