PEDRO GONZÁLEZ

ESTREMECIMIENTO

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 Estremecimiento (Obra temprana 1954-1985)

 

“El Cosmoarte es una línea cósmica de estremecimiento de las cosas”

Pedro González

 

Es incuestionable que la posteridad criba la obra de todo artista que habiendo sido contemplada y comprendida en vida bajo los condicionantes y circunstancias de lo coetáneo, tras su muerte empezará a ser apreciada desde criterios, gustos, modas o inquietudes cada vez más distantes de aquellos. Durante los próximos años los canarios amigos del arte y en particular los tinerfeños, deberíamos sentirnos motivados a revisar, reconstruir, repensar y valorar en toda su dimensión la figura y la obra del pintor Pedro González (San Cristóbal de La Laguna, 1927 – 2016), de quien se cumplirá el centenario a un lustro vista. Y no solo de cara a una previsible celebración onomástica; lo estaríamos, por encima de todo, porque la obra que González generó con su ingente dedicación a la pintura durante más de medio siglo, ya no es responsabilidad de nadie en particular sino de la sociedad que la recibió, que la reconoció y la adquirió integrándola en su vida doméstica, o la exaltó sin proporción en la institucional: un activo cultural y patrimonial del coleccionismo de arte en Canarias que sería inmerecido abandonar a su inercia.

Nadie duda de la importancia de Pedro González en el devenir de la pintura contemporánea en Canarias: constituye con Millares, Manrique y De Vera lo más relevante de la segunda mitad del s. XX. Sin embargo, no se presenta halagüeña la posteridad de su obra, aquejada de debilidades insularias que un sistemático acercamiento a ella debería revertir.

Han transcurrido seis años de la muerte del pintor y su activa presencia en la vida artística y cultural de Canarias durante más de media centuria, cuyas luces y sombras aún nos alcanzan, junto a su “incombustible productividad” (Ángel Sánchez dixit) que alumbra un abrumador volumen de obras entre mediados del pasado siglo y el año 2011, siguen siendo importantes obstáculos para poder calibrar su aportación y trascendencia en el devenir del arte español de la segunda mitad del siglo XX. Superar estos escollos no hay duda de que será cuestión de tiempo, pero en lo que respecta al conocimiento de su obra, la relativa inmediatez del centenario se postula como una ocasión idónea para revisitarla hasta las entrañas, lo que al cabo debería fundamentar o no una consecuente y merecida posteridad. La imprevista coincidencia este año 2022 de dos exposiciones dedicadas a la obra de Pedro González, promovidas por espacios culturales privados abiertos al público en su ciudad natal, la de Arte LM Colección sobre los Icerse y preámbulos de Cosmoarte y la que ahora presenta Galería Artizar, invitan a pensar que tal propósito de una manera tácita está en marcha.

Contribuir a la recuperación del catálogo y al conocimiento del pintor lagunero es uno de los objetivos de esta exposición, integrada por trabajos al pastel, monotipos, pinturas, gouaches y litografías realizados entre 1954 y 1985, que indaga en los inicios de su obra (Icerse) y en el extenso ciclo posterior con el que afianza una dicción propia (Cosmoarte), pues ambos se justifican en dos aspectos determinantes e irrepetibles de su intención creativa: la voluntad de búsqueda de un estilo, es decir de una identidad pictórica; y el elusivo, inquietante y dilatado proceso de concreción de la mancha en forma humana, que será femenina. Justo entre ambos orígenes, el oficial de su obra y el origen del mundo pictórico que iba a de nacer de ella, se desarrolla Estremecimiento, un encuentro en Galería Artizar con la obra temprana del pintor Pedro González.

Aunque Icerse es considerado el comienzo del proyecto plástico de Pedro González, lo que denominaba “una pintura propia”, el rescate de su prehistoria nos ilustra acerca de las habilidades, inquietudes y ascendencias previas. Los cinco estudios costumbristas al pastel de 1954 que preludian esta exposición, realizados un año antes de su marcha a Venezuela, ya ponen de manifiesto la fuerza descriptiva del trazo y la sublimación del instante captado entre masas de color envolventes. Uno de ellos, apenas insinuado y titulado Corrida, se desarrolla al límite de la significación, ese límite que de regreso a Canarias los instrumentos materiales e intelectuales de la experiencia venezolana le ayudarán a trascender. Por primera vez expuestos, los dibujos aquí reunidos merecieron el aprecio de su autor, que pudo considerarlos algo más que ejercicios formativos al documentar su existencia en 1985, en el catálogo de la primera exposición retrospectiva de su obra promovida por el Gobierno Autónomo con motivo del Día de Canarias.

Tras el regreso de Venezuela, González acomete una serie de ensayos sobre papel que llamará “monotipos”, en gran medida influenciados por la experiencia directa del arte contemporáneo internacional en el país hermano y sobre todo por su descubrimiento del grabado y el arte japoneses. En los “monotipos” hace uso de las estampaciones para estructurar los espacios en los que desarrolla escenas, con o sin figuras, donde actúan las manchas y el dibujo. Aquellos más experimentales y azarosos que protagonizan sólo manchas, como el de 1961 que se expone, abrirán la esclusa a una iniciativa insólita y venturosa que determinará su pintura y se prolongará hasta 1963:  la serie Icerse.

La serie Icerse es la responsable del prestigio de Pedro González en el contexto artístico español de los años sesenta del pasado siglo, donde se le reconocerá como uno de los pioneros de la abstracción en nuestro país. Obras de esta serie las mostraría además de en Canarias, en Múnich (1962) y en la Sala Neblí (1963) de la capital de España, donde estuvo colgada la pintura que ahora se expone, un inesperado rescate que enriquece el catálogo de su serie más reconocida. “Como pintadas en sueños” según el poeta José Hierro, las obras de Icerse representan “la materia en la absoluta desnudez del aire” (E. Westerdahl) y constituyen la “semilla que al germinar producirá la cosecha de toda la pintura de Pedro González” (F. Castro), su “gran despensa de luminotecnia ontológica” (A. Sánchez). No obstante, va a ser Cosmoarte, la serie atípica que mantendrá abierta durante más de veinte años tras comenzarla en 1965, la que representa en el devenir de su obra el “taller” donde fabrica el lenguaje de su “propia pintura”, la impronta identitaria que González consideraba el propósito más inmediato de su proyecto como pintor.

En unas declaraciones realizadas en 1985 a la revista Hartísimo, Pedro González afirmaba que “el Cosmoarte es… una línea cósmica de estremecimiento de las cosas”, remitiendo a Rubens, el Greco, Velázquez, Van Gogh…, un “estremecimiento” que permanecerá como razón de su actividad hasta finales de los ochenta, significando el esquivo e intrincado proceso de gestación de la figura en la mancha y lo amorfo. 

 

Entre 1965 y 1969 su pintura “que antes avanzaba hacia formas ideales, ahora huye de las formas reales”, escribe José Hierro en el catálogo de la exposición en la Dirección General de Bellas Artes el año 1968. Esta actitud elusiva perdura dos décadas y dará lugar a alguna de las secuencias pictóricas más notables de toda su producción. El hecho sorprendente de que González siguiera incluyendo dentro de Cosmoarte obras ejecutadas más allá de 1985, invita a reconsiderar esta “serie” como un ciclo amplio y complejo, o más exactamente una “época” de su pintura cuyo estudio específico revelaría nuevas claves para su comprensión

Los primeros momentos de Cosmoarte son reconocibles en nuestra exposición en la media docena de pinturas de aquellos años que ejemplifican la evolución de su iconografía y de su técnica. Buena parte de ellas son de formatos pequeños, no habituales en las retrospectivas y antológicas de su última etapa vital, pero importantes en el desarrollo de su pintura y de los que dejará testimonio en el citado catálogo de 1985. La de mayor formato, firmada en 1967, estuvo en la exposición de la Dirección General de Bellas Artes, en cuyo catálogo se reproducía, y hasta ahora se encontraba en paradero desconocido. 

Estos años serán de gran actividad expositiva y, como se ha apuntado, los de mayor proyección nacional. Tras la citada muestra madrileña recibirá la Beca March, participa en la Bienal de São Paulo y hace exposiciones individuales en el Ateneo de Madrid (1969), en la galería Sen (1971, 1974) y en el Fondo de arte contemporáneo (1977) de la capital, además de en la galería Aritza (1976) de Bilbao.

En 1970 Pedro González inaugura una exposición de 17 litografías, dos de ellas presentes en nuestro recorrido, donde perfila un nuevo estado evolutivo de las formas humanoides de la década anterior, en un punto de concreción que hasta alumbra el género. Lo real de lo que “huye” va cobrando definición, aflora en los gouaches y en las primeras telas del nuevo estremecimiento abstracto que anima su trabajo. Serán afloramientos del cuerpo femenino, de su naturaleza y formas, como en los gouaches que ahora se exponen de comienzos de los setenta. O en la pintura de 1975 en la que rescata con rasgos sutiles una silueta desnuda que al año siguiente será engullida por lo orgánico y vermiforme, un cuerpo de mujer que ya era perceptible entre las formas estremecidas del gran lienzo de 1967 y que recorrerá como un guadiana todo el Cosmoarte.

La contundente presencia de las obras de este periodo Pedro González, a veces, la oxigena con espacios vacíos, una entraña blanca y hueca en la que anida una forma inconcreta. Es una forma sin significado inmediato, pero el artista le ha encontrado alguno tan evidente que decide subrayarlo y, quizá, dar así por concluida la obra. La pintura de 1977 de la presente exposición y que fue expuesta aquel mismo año en el espacio Fondo de arte en Madrid, es buen ejemplo de ello: posiblemente llegaba al mundo como composición no realista, cosa que no ha dejado de ser, pero parece que D. Pedro decidió tirar de ironía y humor para resolverla, recursos por lo demás bastante habituales en su proceder.

 

La obra de Pedro González entre 1979 y 1991, aquejada por su actividad política durante el ejercicio como alcalde de la ciudad de La Laguna, se ha juzgado de un interés menor dentro del conjunto de toda ella, pero son los años en que culmina y extingue Cosmoarte y en los que emprende el camino de su pintura posterior con las primeras series temáticas.

Hacia mitad de la década de los ochenta, en algunas obras adscritas a Cosmoarte donde es visible la transición del período de vísceras al de un desordenado vitalismo, se reactiva el cuerpo femenino des-estructurado o simplemente desmembrado en un ámbito orgiástico y prostibulario, en la secuencia de obras consideradas de mayor tensión erótica de su práctica artística. En dos de las cuatro pinturas realizadas en 1984 y 1985 con las que se cierra esta exposición, todas ellas intensas e inquietantes, asistimos al proceso de descomposición (o recomposición) de ese cuerpo en un ámbito sórdido y perturbador que acentúan las tonalidades   estridentes, las referencias sexuales y los elementos fetichistas. En los otros, la presencia del cuerpo femenino es ya realista, lo plasma en imágenes crudas, descaradas y directas que remiten sin circunloquios al mundo de la profesión más antigua. Son pinturas donde el pasado y el futuro de la obra de Pedro González parecen confluir, en las que ya están presentes todos los recursos expresivos que desplegará en adelante pero que aún se acogen a una iconografía precedente. La catalogación de algunas de estas obras dentro de Cosmoarte en el libro-catálogo de la retrospectiva de 1985, no solo confirma lo heterogeneo de la “serie” sino que alienta nuevas interpretaciones de sentido en el conjunto de su proyecto artístico.

 

Que los últimos momentos del Cosmoarte -y por lo tanto de la consecución de su propio estilo-fueran una bacanal en toda regla, no podía ser sino un aviso del festín al que la obra de Pedro González iba a entregarse a partir de entonces, reconstruyendo el ambicioso designio que otros grandes pintores ya reconocieran como la vocación más genuina: volver a contar la historia de la pintura a través de la propia.

 

 

Carlos E. Pinto

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