En sus obras, la isla deja de ser topografía para convertirse en estado mental. La acumulación de símbolos, rutas, cuerpos fragmentados y mecanismos poéticos remite a una búsqueda constante de sentido: una necesidad de conectar el mundo interior con el exterior, la experiencia humana con algo más vasto y trascendente. Como si cada dibujo o pintura intentara descifrar una relación secreta entre el individuo y el cosmos. La inmanencia de la isla que llevamos dentro toma forma de “faro ambulante”, “pez volador”, “catedral astronómica”, “observatorio-semáforo”, “volcán semidormido”… porque el artista no dibuja lo que ve, pero sí lo que trasciende el límite.
Y quizás toda isla termine haciendo precisamente eso: transformar la distancia en imaginación y la memoria en una forma de permanencia. Ningún territorio insular existe aislado de los relatos que lo atraviesan; las islas también se construyen a partir de los cuerpos que parten, regresan o permanecen suspendidos entre una orilla y otra. En el caso de Cuba y Tenerife, esa condición compartida parece haber generado una sensibilidad común, una suerte de memoria atlántica que continúa desplazándose a través del tiempo. Durante siglos, generaciones de canarios partieron hacia Cuba buscando nuevas posibilidades de vida; más tarde, otros trayectos invertirían el recorrido. Entre ambos territorios quedó suspendido un tejido invisible de herencias culturales, modos de hablar, nostalgias y formas de comprender el mundo. Como ha señalado la Dra. Yolanda Wood en sus reflexiones de estudios caribeños, las islas generan “otros mapas”: cartografías afectivas y culturales donde el mar deja de ser únicamente frontera para convertirse también en vínculo. Desde ese lugar, la obra de Carlos Estévez parece inscribirse en la tradición del artista que cartografía territorios invisibles y convierte la experiencia insular en una exploración poética y ancestral sobre la existencia.
En Inmanencia, pasado, presente y memoria conviven en un mismo plano, como si toda experiencia humana estuviera compuesta por capas superpuestas de historia, migración y deseo. El sujeto es aquí el resultado de múltiples permanencias: aquello que hereda, aquello que imagina y aquello que inevitablemente carga consigo.
Jorge Luis Borges, evocando una parábola atribuida a Diderot, escribió: “Ya estabas aquí antes de entrar y cuando salgas no sabrás que te quedas”. Y es que ese pedazo de tierra en el mar nunca termina de abandonarnos. Nos pertenece y, de algún modo, también le pertenecemos para siempre. Quizás lo que llamamos memoria no es lo que guardamos sino el gesto mismo de buscarla: ese movimiento perpetuo entre la orilla que se abandona y la que todavía no tiene nombre.