Comisariada por Ramiro Carrillo
23 OCT 2026 – 5 DIC 2026
Ramiro Carrillo
Once horas y cinco minutos. Es el tiempo que he empleado en escribir esta presentación. Demasiado, o quizás demasiado poco, todo depende de si es un buen o mal texto, si lo he sufrido o lo he gozado, si lo he escrito enclaustrado en mi despacho o paseando distintos lugares y momentos; puede haber muchos tiempos dentro de ese tiempo, pero lo que es seguro es que, perdido o ganado, ese tiempo es un pedazo de mi vida. Dice Andrea Kohler, en su ensayo sobre la espera, que la vida es un lapso de tiempo entre dos nadas; ese intervalo —ese paréntesis, decía Benedetti— es lo que tenemos; es casi todo lo que tenemos; en realidad es lo único que tenemos, y este pequeño fragmento de mi vida que he dedicado a lo que está usted leyendo —estas once horas y cinco minutos— ha quedado aquí atrapado, entrelazado entre las líneas de texto.
Permítame hacer un juego de palabras —qué es un texto, sino un juego de palabras— para decir que nuestro tiempo es un problema crucial en nuestro tiempo; a qué dedicamos las horas —cómo vivimos lo que vivimos— afecta al devenir de la historia, ahora, hoy, cuando poderosas corporaciones invierten ingentes cantidades de recursos en desarrollar eficacísimos dispositivos y utilidades cuya única finalidad es retener nuestra atención y conseguir con ello que les dediquemos enormes cantidades de tiempo —del tiempo finito e irremplazable de nuestra vida— que es transmutado diligentemente en dinero; hemos sido persuadidos, adoctrinados, adiestrados, para desear dedicar nuestro tiempo a ingeniosos artificios y tecnologías que nos ofrecen, entre otras ventajas —siempre hay otras ventajas—, ahorrar tiempo, que normalmente empleamos en implementar nuevos artificios y tecnologías que nos permiten, de nuevo, ahorrar más tiempo, generando un bucle paradójico cuyo resultado es que cuanto más tiempo ahorramos menos tiempo tenemos, un proceso que Kohler identifica como el signo de nuestra época: la abundancia de falta de tiempo.
Hoy, ahora, se ha hecho realidad la turbia fantasía de Momo, la novela de Michael Ende, aquella de los hombres grises que se alimentaban del tiempo de los humanos, convenciéndoles de que serían más eficientes si aprovecharan las horas que dedicaban a cosas improductivas como, por ejemplo, bailar, conversar o escuchar, —o, añado, escribir, esculpir, dibujar—; en muchos aspectos llevamos ya años viviendo dentro de esa fábula, en muchos aspectos nos hemos convertido en los estresados, sombríos e inermes desdichados que, en la novela, quedaban atrapados en la red —que se traduce web, por si hacía falta aclararlo— de los hombres grises, y no es de extrañar que nos llamen tanto la atención —a la vez que nos parecen locas— aquellas personas que, como el personaje de Momo, consiguen sustraerse al mantra tecnocapitalista de no perder el tiempo, e insisten en pausar, una insistencia que, en un primer momento, parece una opción personal, pero que además de eso, o precisamente por eso, deviene una posición política, porque dónde colocamos nuestro tiempo —qué hacemos, qué hablamos, qué miramos— es un mensaje que emitimos. Es un hacer que hace mundo.
La última reinvención del capitalismo que domina nuestro tiempo —el capitalismo algorítmico— ha acelerado la aceleración de la vida de la que ya se quejaba Nietzsche hace una eternidad, lo cual hace que, hoy, como en Momo, pausar sea algo contracultural, una aberración, un acto antisistema. Pausar, como pensar, es de perdedores. La velocidad, la viralidad, el rendimiento son los estigmas de esta época, y en las artes, como en la vida, hay quien celebra esta nueva cosmovisión, quien se resigna a ella y quien se toma sus propios tiempos, como hacen, creo, —y voy aquí a lo que voy— artistas como Marco Alom, Julio Blancas, Laura Mesa Lima, Carlos Nicanor y Victoria Valiente; artistas que, con propósitos, modos y prácticas distintas y distantes, operan rechazando la dialéctica de la eficiencia y se sitúan a contratiempo; en una posición, diría, extemporánea. Hacen sus obras ellos y ellas mismas. Dedican —muchas— horas a sus piezas. Trabajan más para producir menos. Es decir, desobedecen el mandato tecnocapitalista, y lo hacen no como una reivindicación de lo artesanal, —eso no sé si es realmente importante para alguien, pero no es importante aquí— sino porque, cada cual a su modo, se enredan en la tarea deliberada y activa de volver significante el tiempo, lo que me permite afirmar, solo a medias poéticamente, que estos y estas artistas lo que hacen es hacer tiempo.
Espero que me entienda, esto no va de laboriosidad; muchos y muchas artistas hacen obras laboriosas, esmeradas, que necesitan dedicación, que tienen mucho mérito, pero no se trata aquí de eso, o no se trata ahora de eso; esta exposición presenta cinco artistas que proponen procesos innecesarios, ineficientes, en cierto modo inútiles; que se podrían hacer más rápido, más fácil, más rentables. Que se podrían subcontratar. Esto va de colocar tiempo en las obras, en el interior de las obras —en su «estructura lingüística»—; un tiempo excedente, innecesario, que no deviene tanto de una necesidad formal de la pieza como de una posición ética del o de la artista; hablo entonces de algo que sobra, que sobresale; un resto, me refiero a lo que Barthes llamaba un suplemento, un «suplemento semiótico», lo que apunta a que, en estas obras, el tiempo es un elemento de su lenguaje, genera significado.
Déjeme insistir, no hablo de un tiempo de producción —como el que tarda una impresora en imprimir una escultura o un algoritmo en generar un texto— sino de un tiempo de vida, de la vida de los y las artistas, un tiempo ineficiente y que por eso mismo deviene significante, que opera necesariamente como un componente performativo en la obra, en virtud del cual ésta se configura no tanto como un objeto sino como un hacer; lo que lleva a pensar que estas obras son, entre otras cosas —las cosas de cada artista—, un paréntesis; son, como antes le decía, un hacer tiempo, o un hacer un tiempo, que queda registrado, anudado, entretejido, en el cuerpo de la obra, en su materialidad.
El efecto que produce una obra de arte —llámelo usted, si prefiere, significado— es una construcción simbólica que deriva del ensamblaje de muchos elementos; lo que este texto, por ejemplo, produce en usted es el resultado del entrelazamiento del significado —literal, figurado o emocional— de las palabras escritas con otros atributos significantes, entre los cuales están el contexto y la situación personal en que está usted leyendo esto o la propia materialidad de la hoja que tiene usted ahora mismo entre sus manos; de ello se deduce que la materialidad —no hablo aquí de esta hoja, sino de las obras de arte de las que hablo aquí— que, como hemos visto, contiene una performatividad significativa, posee el potencial de conectar dos temporalidades: el tiempo de vida de la persona que ha desplegado su hacer, y el de esa otra que dedica un poco de su tiempo a observar lo hecho; y cuando esa conexión se produce, y solo cuando se produce, es cuando decimos que una obra de arte realmente importa.
Y hay que decir que es importante, en varios sentidos, cuando una obra de arte importa, me refiero en este caso a que el tiempo es relativo —usted lo sabe bien— no solo en la física teórica sino en la experiencia, hay muchos tiempos dentro de nuestro tiempo, experimentamos el tiempo de forma distinta según las personas, las emociones y los momentos, la vida avanza más veloz o más lenta, y si entendemos que la aceleración contemporánea de la vida, la fragmentación de nuestra temporalidad en una infinidad de tareas pequeñas, nuestro empeño en dar nuestro tiempo a entidades abstractas y ubicuas que lo convierten en dinero, si entendemos que todo eso nos quita tiempo, podemos entonces deducir, —y aquí, porque tengo tiempo, me permito la licencia poética— deducir entonces que pausar, pensar, hacer tiempo, es una forma de alargar la vida.